Sastrería, diseñador, boutique: un mercado en profunda evolución

Jorge Gimeno ha visto los cambios en ese segmento de mercado, que ha sufrido y se ha vuelto más compacto, pero en el que también aparecen clientes emergentes y se observa nuevo dinamismo.

Haber comenzado muy joven en el negocio familiar hace que Jorge Gimeno, casi 40 años en la carretera con sus muestrarios de tejido de alta calidad, haya visto numerosos cambios en la forma de vestir de los españoles, de las distintas ciudades y regiones o comunidades, y en la composición de su clientela, más compacta que antes y reenfocada hacia actividades distintas.
En los últimos años, y dentro de su especialidad que se centra en tejidos para sastrería, modistería, y para diseñadores/as con tienda, o boutiques con producción propia de tirada corta, lo que se ha vivido es el deterioro económico de la clase media. Pero Gimeno también está contemplando fenómenos interesantes como el despertar de una juventud de diseñadores en lugares poco sospechados, particularmente en el sur peninsular.
Y de su último viaje de ocho semanas por 22 ciudades españolas trae consigo un mensaje optimista. En el segmento de mercado que toca no se está notando una reactivación, pero, por lo menos, «he constatado que hemos dejado de ir a peor», así que la coyuntura ha cambiado favorablemente, aunque sea de esta forma modesta.

 

  • Un mercado de 200 clientes, contando unas 30 sastrerías de El Corte Inglés.
  • Han desaparecido sastres en todas partes. En algunas ciudades, por completo.
  • El vestir, en Cataluña, nunca ha estado a la altura de su potencia económica y su tradición textil.
  • El Norte ha sufrido, pero sigue destacando por su buen gusto.
  • Sevilla y, en general, de Alicante hacia el Sur, tiene un buen nivel, aunque el precio es más importante.
  • Madrid compra, y recibe a viajeros que se desplazan a comprar.
  • Barcelona es una ciudad de turismo, en la que, de paso, se hacen compras.
  • La clase media ha sufrido, y por eso se compran menos trajes-chaqueta. Lo sorprendente es que seguimos gastando en ceremonia (para una sola puesta).
  • Para trabajar en ese segmento, hay que poder vender pequeños metrajes.
  • En España todavía es posible hacerse un buen traje por 1.500 euros.

 

El padre de Jorge Gimeno puso en marcha un negocio propio de importación y representación de tejidos en 1969, después de haber dirigido la sociedad Fapacsa (Fabricantes de Pañería Confederados, SA), que un grupo de pañeros de Sabadell había creado para ampliar su propia oferta de tejidos del Vallès con importaciones británicas, francesas e italianas. La empresa cerró por desavenencias entre los socios, y se instaló por su cuenta en lo que hasta hace poco se conocería por Gimtex. Sus dos hijos entraron en la compañía, haciéndose cargo respectivamente de las divisiones de caballero y señora, esta última abierta por Jorge.
En los años 80 se les ofreció y aceptaron la representación de varias marcas del portfolio de GFT (Gruppo Finanziario Tessile, una auténtica potencia en aquellas fechas), por lo que a su cartera propia añadieron los catálogos de caballero y señora de marcas como Valentino y Ungaro, que llevaron durante 13 años. «Eso nos permitió abrir del todo, y completar para nosotros, el mercado de gama alta, no sólo de esas marcas sino de nuestras telas de importación».
En los últimos años, y tras el fallecimiento del fundador, los dos hermanos cerraron la empresa heredada y separaron sus trayectorias, en principio llevando las respectivas divisiones, aunque Jorge Gimeno Prieto, especialista en señora, también trabaja caballero.
Su clientela está compuesta por unos 200 sastres, modistas, diseñadores y tiendas de producto exclusivo y diferenciado.
Es un mercado que, como antes decíamos, se ha compactado mucho a lo largo del tiempo. Así, en plazas donde se viste todavía muy bien a ese nivel de producto, como Santander, el pastel es hoy en día muy reducido: prácticamente no queda ni un solo sastre (los hubo, y muy buenos), y la división de sastrería de El Corte Inglés, que se encontraba a las afueras de la ciudad, ha cerrado. El problema de esa plaza es que es un mercado de medio año: no despierta hasta Semana Santa y, comercialmente hablando y siempre dentro de esta gama de artículos, se adormece hacia el mes de octubre. Hoy, si un santanderino quiere hacerse un traje, ha de desplazarse a Bilbao.
El País Vasco siempre ha vestido muy bien, aunque clásico, pero también ha notado la crisis. Hace poco se celebró un evento conmemorativo en Bilbao y muchas damas asistieron rescatando fondo de armario o de arcón, cosa que hace unos años jamás habrían hecho. En cuanto a San Sebastián, sigue siendo un paraíso del buen vestir, pero estilo sport (un sport muy british, nada que ver con el streetwear casual).
Oviedo es una plaza excelente; ciertamente boutiques de toda la vida dirán que el nivel actual no tiene nada que ver con el del pasado, pero aun así «ya les gustaría a muchas capitales vestir como en Oviedo». León ha cambiado mucho en los últimos tiempos, como todo el país, pero caminar por la avenida Ordoño II todavía trae imágenes de mucho nivel.
De Cataluña, Gimeno ha estado siempre maravillado del escaso nivel de vestir, que no guarda relación con la potencia económica de la zona, ni tampoco con su tradición de industria textil. Es un fenómeno antiguo, muy sorprendente. Así como en el Norte todavía se ve al hombre que entiende y que sabe combinar una chaqueta de cachemir, o de cheviot, con un pantalón de franela y un zapato de ante, en Barcelona podría recordar a un personaje importante de la vida pública, de corta estatura, al que le encantaban los cuadros ventana, y otro muy alto que prefería raya diplomática que lo alargaban todavía más, unas muestras, entre muchas, de falta de buen gusto en el vestir. En Gerona, donde había muy buenos sastres, prácticamente han desaparecido. En el vecino país de Andorra hubo varios sastres, igualmente buenos, emigrantes políticos tras la Guerra Civil; no queda ni uno, ni tampoco hay quien los suceda.
En Cataluña se ha notado la recesión, como en todas partes, pero no sólo en caballero (que ha optado por «taparse» en vez de «vestirse», comprando «traje azul marino o marengo que sirva para boda, bautizo, comunión y entierro») sino en señora, mientras que en otras zonas quedan clientas finales que siguen buscando trajes y vestidos que las singularicen.
En su opinión, Madrid (y a una escala menor otras pocas ciudades del país, por ejemplo Sevilla) son plazas para un visitante que va a comprar, mientras que Barcelona es una ciudad turística en la que de paso se hacen compras. Hay personas que viajan para comprar a París, a Londres o a Nueva York. También las hay que se desplazan a Madrid ante todo para hacer compras, y en segundo lugar comer en un buen restaurante y quizá ver algo más de la ciudad; mientras que en Barcelona se va primero para ver la ciudad, y después, y de paso, entrar en tiendas. Las hay de mucho nivel en el Paseo de Gracia, de marca, muy caras, donde cualquier prenda cuesta de 3.000 a 4.000 euros, o más, pero su público se reduce a unos pocos árabes, rusos y personajes pudientes de ese tipo de orígenes, que no abundan. «Y es un mercado reducido: estuve en la inauguración de la tienda de Hermès en Pau Casals, y me pregunté cuánto tiempo aguantaría. Hoy en su lugar hay un Macson».
Madrid, por otro lado, además del consumidor que se desplaza para hacer compras de nivel, cuenta con una clientela propia por efecto capital. Cambia el Gobierno y se ve cómo llegan encargos de trajes para las distintas ocasiones que conlleva el ejercicio del cargo. Podría decirse que en Cataluña también cambia el Govern de la Generalitat, pero no produce el mismo efecto.
La contracción del mercado selecto de nivel medio-alto, pero no marquista, es un fenómeno internacional, por otra parte. Un hijo de Gimeno, formado en la filial parisina de la escuela Marangoni, montó un negocio de medida industrial en California, y al padre le cuenta que en Hollywood nadie paga más de 1.000 dólares por un traje... a menos que el usuario lo apueste todo a una marca que le permite presumir. Probablemente una actriz se enfundará un Lanvin o un Dior de peor manufactura y mayor precio que una pieza de modistería, sólo por buscar un pie de foto en una página de revista o un comentario en cualquier otro medio informativo.
Dentro de todo, España (como Italia) están entre los pocos países donde es posible vestir con ese nivel de exclusividad a un precio «asequible». Y tomemos el calificativo con prudencia, sabiendo de qué nivel de mercado estamos hablando. «En el último certamen de sastrería que hubo en Barcelona, hace ya años, hubo acuerdo general en que la confección de un traje llevaba de 45 a 48 horas de trabajo. Si hoy la hora de un mecánico, de un fontanero o de un electricista se paga a 40 euros, una multiplicación nos daría 1.800 euros sólo en mano de obra. Y sin embargo es posible obtener en España un buen traje por 1.500 euros. En cambio, te vas a Saville Road en Londres y el mínimo son 6.000 euros, lo que explica que incluso allí esté llegando la crisis, porque sólo les encargan trajes las personas adineradas de Sudáfrica o de los Emiratos. También explica que muchos establecimientos parisinos que ofrecen sastrería en realidad estén trabajando con medida industrial». Y, ojo, Gimeno no descarta a estos clientes de medida industrial o, como la llaman sus inventores (los italianos), «su misura»: una confección semi-industrial personalizada, y con detalles de sastrería (ojales abiertos, por ejemplo). Forman parte, también, de su mercado.
Uno de los puntos fuertes de Jorge Gimeno es la capacidad de entregar pequeños metrajes. Es capaz de servir tres metros a cada una de las más de treinta tiendas de El Corte Inglés que tienen sastrería. Puede vender tejido para una chaqueta de metro ochenta o de un pantalón de metro treinta. Por ello, es un proveedor también muy apropiado para diseñadores de nivel medio-alto y para tiendas individuales o de cadenas pequeñas, que buscan diferenciación. Siempre que puedan trabajar en los niveles de precio necesarios, por supuesto.
El precio, en efecto, sigue siendo un desafío en una época en que, fruto de la recesión, buena parte de la clase media se ha visto obligada a comprar en tiendas masivas a causa de la reducción de su capacidad de gasto familiar. No obstante, se está viendo movimiento en Andalucía (el caso de Málaga es llamativo, con jóvenes diseñadoras y mucho apoyo municipal) y en el sur de Levante, muy prometedor. «Aparece clienta nueva, sobre todo en señora». Y hay un buen mercado también en ceremonia, en diversas zonas del país. «Es difícil de explicar que nos gastemos tanto dinero en un vestido que se va a usar una sola vez, y rehusemos pagar mucho menos por un buen traje chaqueta o un abrigo que van a durar años». Pero así son las cosas, y ahí existe un mercado interesante.

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[Publicado en TEXTIL EXPRES - REVISTA 226 - Septiembre 2016 ].

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