Reinventando el textil, a comenzar por las materias (1)

Empezando en los campos de algodón...

En poco tiempo, del período histórico reciente, el mundo se ha homogeneizado mucho más de lo que parecía previsible. Desaparecidas las diferencias esenciales (aunque se mantengan algunas diferencias formales, pero cada vez menos) entre el pensamiento capitalista (Estados Unidos/Europa) y el pensamiento socialista (la antigua Rusia soviética / supuestamente todavía China, con su curioso doble sistema), que, en lo económico, son ya prácticamente homologables, todo el mundo desarrollado persigue un mismo modelo de eficiencia que, por lo que se refiere al textil, manifiesta (en cuanto al ámbito de la producción) dos urgencias principales: la rápida incorporación al trabajo real de las últimas tecnologías derivadas de la electrónica, por razones de eficacia en el proceso, y la revolución en las materias primas, por razones de economía de costes y de respeto medioambiental.
En esta última área se comprenden esencialmente las fibras que entran en la composición de los tejidos (afectando tanto a la producción de tejidos industriales como principalmente, por lo que a nuestro ámbito de preocupaciones concierne, a la de tejidos para vestir). Y «no se trata de ciencia ficción», como asegura Thierry Le Blan, el director técnico del Centro Europeo de Textiles Innovadores, aunque en principio lo parezca muchas veces, cuando vemos que son materias que proceden de plásticos flotantes recuperados del mar o de ortigas, de maíz, de piñas y hasta de crustáceos (o, en el caso de u conocido proyecto español, últimamente más centrado en la basura oceánica, hasta de posos de café).
Por una parte, y en relación con las materias primas naturales para uso textil, el más importante (en términos cuantitativos, es decir, en función de la dimensión de sus repercusiones) es el problema del algodón. Materia textil reina, alabada por miles de millones de consumidores a lo largo del tiempo, ha sido acusada en el período reciente de poco «eco-friendly». Según las especies, entre 12.000 y 15.000 litros de agua son necesarios para obtener un kilo de algodón. Las superficies dedicadas a su producción (durante la cual absorbe el 30% de los pesticidas utilizados en el mundo) se sustraen a otros cultivos. Aunque ya descendiendo, el algodón en 2013 aportó todavía el 33% de todas las fibras textiles producidas, y encontrar un modo suficientemente convincente de reemplazarlo sigue siendo un mito.
Hay otra veintena de fibras textiles naturales, de origen vegetal (lino, yute, cáñamo, ramio, sisal…) o animal (lana, cachemira, mohair, alpaca, angora, seda…) con menor dimensión de mercado, aunque algunas muy importantes. Pueden ser naturalmente antibacterianas, hidrófobas o hidrófilas según los casos, de alto poder térmico como la lana, propicias a la transferencia de humedad como el lino…, cualidades apreciadas según las circunstancias.
Si bien las fibras naturales, como dicen los técnicos textiles, no son modificables en lo esencial, puesto que sus moléculas son las creadas por la naturaleza desde el comienzo de los tiempos, los científicos tratan de disminuir o suavizar en lo posible su impacto medioambiental, y hacer su uso «menos agresivo». Y se esfuerzan en trabajar sobre ellas, porque es un desarrollo que se puede llevar a cabo con poco impacto sobre el entorno.
Luego tenemos las fibras artificiales, obtenidas a partir de materias primas naturales transformadas químicamente, pero sin alteración de sus moléculas, dando lugar (en términos generales) a la viscosa. Las destinadas al textil-confección proceden generalmente de la celulosa de madera de los bosques, regenerada, o de plantas oleaginosas. Hay tres variantes principales: modal, cupro y lyocell; generalmente de pino o de haya en Europa, de bambú en Asia.
Las fibras celulósicas, como también se las denomina, son muy sobrias en el consumo de agua (100 veces menos que el algodón), aunque necesitan el uso de disolventes extremadamente tóxicos para extraer la celulosa y transformarla en fibra. Pero la empresa Lenzing acaba de presentar con carácter de gran éxito sus fibras Modal Lenzing, Tencel y Eco Vero, obtenidas con disolventes integralmente reciclados, que constituyen una aportación muy importante a la lucha pro-conservación del entorno, lo que está a la cabeza de las actuales preocupaciones del sector.
Por otra parte, con independencia del impacto medioambiental, los expertos son muy sensibles a la convicción de que las materias textiles naturales o artificiales no químicas tienen un límite de producción posible en términos de coste aceptables; que es una razón más para buscar sustitutivos. Las propiedades del algodón, no obstante, han de ser una referencia, puesto que en varios de sus aspectos son universalmente aceptadas (sobre todo el tacto) y por consiguiente imprescindibles.
Ochenta años después de la invención del poliéster (primera fibra sintética de proceso algodonero creada), que hoy supone el 40% de las fibras fabricadas en el mundo, el consumidor sigue muy apegado a las fibras naturales, particularmente en lo relativo al contacto con la piel. Aunque ahora puede que le lleguen en una forma poco reconocible, porque la industria hace milagros.
Haremos referencia aquí a varias de las innovaciones concretas recientemente sacadas a la luz en el mercado de las materias textiles, identificables en productos específicos: tejanos de G-Star fabricados con plásticos recuperados del océano; bolsas de Adidas realizadas con Biosteel, una seda de arácnido modificada genéticamente para hacerla más sólida y más elástica; o la primera colección de bolsos de «cuero» de Ziza Fashion… realmente de hojas de ananás (presentada en Première Classe, en París). Este es también el origen del «piñatex» obtenido por Carmen Hinojosa (con una larga ejecutoria como consultora de moda formada en el Royal College of Art de Londres), y utilizado ya por marcas como Puma o Camper. Hinojosa ha estado haciendo un trabajo experimental con el ananás (es decir, la piña tropical) en colectividades agrícolas de Filipinas.
Por otra parte, aunque estas experiencias son muy nuevas, el reciclaje de fibras naturales en la confección es, de hecho, una vieja práctica, que suponía, en el propio sector, una rama industrial específica, la llamada de «regenerados», que fue tradicional en determinadas áreas de Castilla, de Levante y de Cataluña, devaluada en las últimas décadas por su condición de actividad de segunda mano, y que ahora renace al aprecio público a la luz de nuevas consideraciones. El reaprovechamiento de primeras materias recupera cartas de nobleza y se convierte en una prioridad, tanto si se trata de prendas ya desechadas por el uso como de excedentes de producción (invendidos de temporada, o excesos de inventario en empresas que cierran).
En todo caso, los materiales obtenidos «sólo tienen sentido (dice Laurence Calamaro, del IFTH) si incorporan las funcionalidades elementales reclamadas para el material original por todo consumidor: debe obtenerse un producto lo más próximo posible al que se obtendría directamente en la naturaleza y que es su estrella polar». Y mejor si lo superan.
En relación con el algodón, por ejemplo, los sustitutivos deben presentar sus mismas cualidades (finura, resistencia, flexibilidad, elasticidad, brillo, luminosidad…) y, obviamente, tener la misma agradabilidad de tacto sobre la piel.
Pero sobre la regeneración de materias para su reciclaje, o la generación de otras a partir de diferentes orígenes, hablaremos más a continuación.


[Publicado en TEXTIL EXPRES - Revista Número 235 - Febrero 2018 - FEBRERO 2018 ].

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