China no cree en la democracia

Y opina que esa es una de sus fortalezas.

Nos lo contaba hace unos meses un empresario textil español que regresaba de un viaje a China, donde había tenido encuentros con autoridades del país. Digamos que no es difícil reunirse con ese tipo de personajes si eres un empresario de cierto nivel, ya que, en una nación donde el poder político y la estructura del Estado se encuentran tan compenetrados con la actividad económica (pública y privada), las fronteras entre negocios y política son muy fluidas. Por poner un ejemplo, en España presidir la patronal del sector no comporta ni ser ministro ni secretario de Estado. Por el contrario, en China la máxima responsabilidad corporativa del textil implica siempre una relevancia en el aparato gubernamental: es alguien que participa de la política económica del país.
En cualquier caso, lo que llamó la atención de nuestro empresario fue un comentario de sus contertulios:
—La mejor ventaja que tenemos en China es que los próximos presidentes del país ya están siendo formados actualmente para ese cometido. El mayor problema que tienen ustedes es que cualquier incompetente [la palabra utilizada fue un poco más gruesa] puede llegar a presidente.
Por desgracia, y también por ventura, eso es cierto. Es la grandeza y la miseria de la democracia: los ciudadanos votamos a quien nos parece, y no hay ninguna garantía de que más de la mitad de nosotros esté acertada. Quizá votemos al más serio de aspecto pero más estúpido en el fondo. O al más guapo pero más sinvergüenza. O al más simpático pero más inepto, porque en política esto del buen talante no siempre se compagina con la gestión firme de los tiempos turbulentos.
Es cierto, en efecto. En democracia, cualquier bobo puede ser presidente del Gobierno, siempre que nosotros, los ciudadanos, lo votemos.
Ahora bien, los sistemas no democráticos tampoco ofrecen garantías. Por supuesto, los dirigentes tienden a estar instruidos, pero sus virtudes políticas pueden ser el arte de la intriga y de la manipulación. El talento necesario para la dirección de los países no siempre va asociado a la capacidad de ganar el poder. Ni en democracia ni en dictadura, ni en sistemas híbridos. En todos ellos, hay épocas en que impera mayor sensatez, y otras de desvarío, tanto entre los ciudadanos de a pie como entre las élites. El azar y las modas tienen un peso nada despreciable, en todas partes.


  
Publicado en TEXTIL EXPRES - Revista Número 238 - SEPTIEMBRE 2018
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