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Editorial
Textil Exprés Revista 260

Humberto Martínez
Director

 

  • ¡Vivan las personas! Un artículo a propósito de un esperpento de tienda online que lanzó dos órdenes contradictorias. Pero el algoritmo también toma otras decisiones, que afectan a nuestras vidas.
  • El algoritmo también sirve de excusa para cortar la discusión sobre decisiones erróneas e incongruentes.
  • Hemos visto recientemente, en el ecommerce, estupideces del logaritmo que son del todo contrarias a la sostenibilidad.

El algoritmo me lo dio, el algoritmo me lo quitó, alabado sea el algoritmo.

Sí, este titular es un exabrupto y una palabra fea. Lávate la boca con jabón, nos dirían. En otro tiempo habríamos escrito «el p**o algoritmo», con el eufemismo tipográfico al uso. Pero así de llanas se manifiestan también personas de verbo elegante, que en este asunto se vuelven desenfada- (o enfadada-mente) coloquiales.

Este titular, en efecto, es un «robado», es decir, el exabrupto nos lo brindó una persona. Sin embargo, pudimos haberlo tomado también hace unos meses de otros comentarios oídos (e incluso leídos en forma de «post» de red social). Y es que la expresión comienza a ser tan compartida como la experiencia que la provoca.

Añadamos que este artículo es la versión para Textil Exprés de otro que ya hemos publicado en otro medio de Aramo Editorial. Porque el comentario surgió en otra industria, pero pudieron haberlo hecho ustedes. Por ejemplo, si venden moda a través de especialistas online.

El algoritmo, en efecto, comienza a dominar nuestras vidas. Y, como decía nuestro último interlocutor, a este paso lo decidirá todo. O tendrá un peso importante en nuestra toma de decisiones.

 

Luego les hablaremos de la insólita anécdota que ha dado pie a este artículo. Pero entendemos que convendrían cuatro pinceladas sobre la materia de que estamos hablando.

En primer término, algoritmo no tiene nada que ver con logaritmo (pero ustedes ya lo saben), a pesar de la semejanza en la palabra. Esta última voz se deriva del griego (logos=razón, arithmos=número) y se refiere al exponente al que debe elevarse una cantidad para lograr otra. Así, tres es el logaritmo de 64 en base 4 (pues es necesario elevar 4 al cubo para obtener dicho resultado, o sea 43).

Por el contrario, un algoritmo (probablemente del árabe hisabu igubar, «cálculo mediante cifras», convertido al latín algobarismus) es un conjunto de operaciones para encontrar la solución de un problema.

Muy grosso modo, un algoritmo es una fórmula, pero no una cualquiera, sino aquella que sigue un número definido de pasos en un orden establecido, y con la posibilidad de variar si en alguno de ellos existen varias alternativas. Se trata de una secuencia lógica con varias rutas, y pasos intermedios del tipo «si... entonces» (si «a» cumple tales condiciones, entonces continuamos por aquí, si no las cumple, seguimos por otro camino).

La aplicación de los algoritmos es fundamental en informática, y de alguna manera la programación es la definición de un conjunto de ellos. Dejémoslo así, no tiene sentido profundizar más, y probablemente matemáticos e informáticos se escandalicen de una definición tan grosera como la que acabemos de hacer. Pero así tenemos una idea simple de lo que es el algoritmo, antes de ver cómo influye en nosotros.

 

Los algoritmos sirven, por ejemplo, para comprimir y descomprimir la información de la música digital. Se hizo cuando apareció el CD, lo que significaba «capar» datos para meterlos en el soporte, y luego reconstruirlos para lograr fidelidad al original analógico durante la reproducción. Lo mismo es aplicable hoy en día a toda la música y el vídeo comprimidos, difundidos digitalmente por cualquier medio.

A partir de ahí, el mundo se llenó de algoritmos. Hoy se utilizan prácticamente para todo, incluidos los procesos de gestión en numerosos campos de actividad. Hay algoritmos sencillos, hay algoritmos muy largos y complejos, y sobre todo hay conjuntos de algoritmos que interactúan. Su potencia aumenta en sistemas de «big data» y son fundamentales en el ámbito de la conocida como «Inteligencia Artificial».

 

Uno de sus usos más perceptibles es el de los sistemas de adaptación a preferencias. Si usted es usuario de plataformas de medios como Netflix, Amazon Prime Video, o Prime Music, Spotify, o la red social Tiktok, sabrá que todos ellos nos lanzan sugerencias adaptadas a nuestros gustos, basándose por un lado en la recopilación de datos sobre nuestro consumo, y por otro en los cálculos comparativos hechos por un algoritmo, para escoger entre los recursos disponibles.

Eso hace que no perdamos tanto tiempo buscando cosas que nos gustan, ya que nos proponen un ramillete de opciones coherentes con nuestro consumo habitual. Tiene también una desventaja, y es que recorta nuestra capacidad de experimentación. El algoritmo de preferencias nos reduce a un patrón, y actúa como las anteojeras de los burros, que impiden ver lo que hay a los lados del camino.

En ese sentido, los algoritmos de redes sociales pueden tener un efecto pernicioso de radicalización de ideas, reforzando unos principios y cerrando el acceso a alternativas, así como creando grupos muy monolíticos unidimensionales. Sus efectos en política ya se están viendo.

Si volvemos al cine en casa, a mí me ocurre (y a usted) que, si hemos visto recientemente varias películas del Oeste, hemos de buscar tozudamente para salir del patrón, hasta hallar comedias, o películas intimistas, o musicales, o películas de acción que no transcurran en el Far West, puesto que la plataforma se obstina en presentar en primera posición todos los «westerns» de que dispone. El algoritmo nos invita a «dejarnos llevar» por el camino que supone que más nos atrae.

Yendo al ámbito de la música, no solo las plataformas tienden a reforzarnos en nuestros gustos reduciendo escapes a estilos nuevos, sino que las productoras de música utilizan inteligencia artificial con algoritmos que «componen» piezas musicales acordes con los estilos de éxito. Producen así canciones que realimentan el gusto dominante.

Si a los de mediana edad les sorprende que mucha de la música actual suene tan parecida, en parte se debe a que el algoritmo dicta cómo han de ser las nuevas canciones, explotando el éxito de estilos que ya han triunfado. Sí, cierto, esto siempre ha ocurrido de forma espontánea: los nuevos cantantes imitan a los que ya están en boca de todos. Pero ahora el algoritmo trabaja sistemáticamente y con eficacia, dejando poco espacio para la improvisación.

Entre unas cosas y otras, no es extraño que Radio3 haya lanzado hace algo más de un año su lema: «Muerte al algoritmo, vivan las personas». Porque trabajar sin algoritmo es la forma de «darse el gustazo de descubrir» y, desde el lado de la producción, ejercitar las meninges, o lo que sea del cerebro, para crear materia original. Mientras que entregarse al algoritmo es caer en una espiral viciosa.

 

A ustedes, en el sector en que se encuentren, el algoritmo puede ayudarles a perfeccionar sus procesos, a afinar en la producción, en el diseño, en las colecciones de producto para su público objetivo... Pero asimismo puede conducirles a situaciones esperpénticas, ya sea en el interior de su empresa... o en las relaciones con terceros.

Llegamos de este modo a la anécdota que da pie a este artículo y que suscitó el exabrupto del titular. Quien la cuenta nos ha autorizado a emplearla, con reserva sobre la persona y empresa en cuestión, lo que nos parece razonable. Estamos seguros, de todos modos, que otros han sufrido problemas similares, aunque quizá no hayan sido tan conscientes como quien nos lo relata, pues en su experiencia se dio la casualidad de que dos sucesos contradictorios se solaparon, y que ello ocurrió justo cuando la «víctima» estaba delante de su pantalla de ordenador. Por eso tomó con su móvil una instantánea (pudo haber sacado un pantallazo informático, lo mismo da) para inmortalizar las dos ventanas de la locura.

 

¿Y qué es lo que sucedió? Pues que el mismo día, a la misma hora, el gigante número uno de la distribución online le informó que le enviaba un camión con devoluciones de mercancía, y paralelamente, al mismo tiempo, le cursó una orden (un pedido) para que le enviase a los almacenes del operador de ecommerce un camión con el mismo producto que le estaba devolviendo. La racionalidad de este comportamiento contradictorio es cero. De hecho, si pudiera calificarse con números negativos, sería –10 (en escala de –10 a +10).

Uno puede llamar a los interlocutores comerciales y logísticos de esa gran empresa y preguntar por semejante sinsentido. Y la respuesta será (de hecho es) que «son cosas del algoritmo». O sea que los humanos no pueden hacer nada: el algoritmo dicta, y punto.

Dicho de otro modo: un algoritmo ha decidido que había que devolver producto, otro algoritmo ha decidido que había que reponer existencias del mismo artículo y de la misma marca y del mismo proveedor. El algoritmo me lo dio, el algoritmo me lo quitó, alabado sea el algoritmo (los lectores más jóvenes, liberados del estudio del Antiguo Testamento, no conocerán esa referencia bíblica, pero la pueden buscar por internet). Todo, en efecto, de manera automática. Y lo que ambos algoritmos diga es cosa que va a misa.

Cuando a todos se nos llena tanto la boca de «sostenibilidad», uno se pregunta si es sostenible un sistema que ordena dos viajes consecutivos de ida y vuelta innecesarios con la misma mercancía, uno del almacén del distribuidor online al de la marca proveedora, y otro de esta al primero.

Eso indudablemente genera una liberación totalmente innecesaria de CO2. ¿Sostenible? ¡No!

Pero, además, ¿cómo puede ser eficiente —y eficaz en precios, cuando no lo es en costes logísticos— un sistema que prefiere que el producto haga viajes en camión antes que permanecer unas horas más —no unos días— quieto en el almacén?

¡A menos que eso esté vinculado a una contabilidad creativa, para evitar que aparezca equis días en existencias un «inmovilizado» al que se prefiere dar movimiento! No descarten esa posibilidad. Hay contabilidades que son muy cuidadosas con lo que reflejan en libros, y son capaces de todo con tal de rebajar ciertas partidas. Por ejemplo, la de, como ahora se dice de manera impropia, «inventarios» (existencias). Sáquenlo hoy del almacén para que no conste en nuestra contabilidad, devuélvanlo mañana, que ya será otro día.

 

En todo caso, resulta inquietante que las personas del operador de ecommerce carezcan de capacidad de iniciativa y ejecución, y se escuden (como excusa) en que... «lo ha decidido el algoritmo».

Primera observación: si el algoritmo decide estupideces contradictorias, alguien debería pensar en cambiar con urgencia esos algoritmos y tal vez despedir al programador anterior (a menos que el algoritmo haya sido programado por otro logaritmo).

Segunda: Si el algoritmo elimina las capacidades de las personas, ¿para qué queremos humanos? ¿Acaso no sobran comerciales y compradores, si estos solo pueden limitarse a obedecer lo que los algoritmos dictan?

¿Quizá acabaremos todos elevando nuestras quejas y críticas a máquinas, a su vez gobernadas por algoritmos? Bueno, esto último ya sucede a veces, para nuestra desesperación, porque los algoritmos no entienden de humanidad por muy corteses que hayan sido programados.

En la práctica, muchos algoritmos deciden muchas cosas. En las finanzas, por ejemplo, ya gobiernan numerosas operaciones bursátiles, aumentando los beneficios de muchos y, en ocasiones, provocando caos inesperados y estúpidos.

 

Ahora bien, Dios bendiga a los algoritmos que recopilan, gestionan y deciden la temperatura de climatización de acuerdo con la temperatura exterior, nuestra temperatura óptima de confort, nuestro horario en casa, y nuestras instrucciones de economía energética. No condenemos al algoritmo en abstracto. Son útiles, son incluso maravillosos. Pero si han sido mal programados y se comportan tontamente, pueden ser una pesadilla.

 

La persona que ha inspirado este artículo nos dice que, del mismo modo en que los comerciales de la tienda online de referencia se lavan las manos, él también piensa decirle a su esposa, si un día le pregunta por qué se ha olvidado de comprar pan, que...

—Es que el algoritmo me ha dicho que hoy no toca.

—Ah, pero esa excusa a ti no ve vale.

—¡No!, jaja, con mi mujer eso no cuela.

No. Con los humanos a los que tengamos afecto y respeto, esas bobadas ni sirven ni sin pertinentes.

 

En el fondo, y aunque el algoritmo ha venido, se ha quedado y habita entre nosotros (y más que lo hará en el futuro)... vaya, muchos estamos de acuerdo con Radio3: «¡vivan las personas!»


Una versión de este artículo ha sido publicada también recientemente en otro medio de Aramo Editorial, que publica Textil Exprés.

© TEXTIL EXPRES


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